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Austria, invierno de 1947.
La guerra había terminado, pero en Viena la paz no era más que una palabra impresa en carteles oficiales. La ciudad estaba partida en zonas, vigilada por uniformes extranjeros y gobernada por acuerdos que nadie entendía del todo. Las fachadas reconstruidas ocultaban interiores quemados. Los cafés abrían otra vez sus puertas, pero las conversaciones se habían vuelto más bajas, más cuidadosas. Hablar demasiado era peligroso. Callar, necesario.
Los vencedores habían impuesto el orden. Y con el orden llegó el silencio.
En las orillas del Danubio, entre almacenes medio derruidos y muelles cubiertos de escarcha, los camiones descargaban cajas sin marcas oficiales. Nadie preguntaba qué contenían. Nadie quería saberlo. Había cosas que sobrevivieron a la guerra intactas: la ambición, la traición y el miedo.
La ciudad aprendió rápido que no todos los culpables habían sido derrotados. Algunos simplemente cambiaron de uniforme. Otros cambiaron de bandera. Y los más inteligentes cambiaron de nombre.
En una oficina estrecha del distrito central, con una estufa que apenas lograba combatir el frío, Lukas Adler encendía su tercer cigarrillo de la mañana. Antes había sido inspector. Ahora era detective privado, lo que en tiempos como aquellos significaba escuchar lo que otros no querían oír y olvidar lo que sí.
Sobre su escritorio descansaban expedientes que nadie reclamaba: desapariciones sin denuncia formal, negocios turbios disfrazados de reconstrucción, cartas anónimas que hablaban de listas ocultas y transportes nocturnos. Desde el final de la guerra, Viena se había convertido en un tablero donde las piezas no eran blancas ni negras, sino grises.
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