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Mara tiene una cicatriz que no se hizo ella.
Cada noche presta su cuerpo a un desconocido por cuarenta mil créditos. No pregunta quién lo ocupa. No pregunta qué hace con él. Solo cuenta las horas, cierra los ojos, y reza para que vuelva entero.
Hasta la sesión cuarenta y dos.
Esa vez algo se queda dentro cuando despierta. Un idioma que nunca aprendió. Un nombre que no es el suyo. Y una voz -desesperada, real, atrapada- susurrándole desde algún rincón de su propia cabeza que no está sola ahí dentro.
Alguien lleva ocho años escuchando.
Cuanto más escarba, más entiende que su cuerpo nunca fue uno cualquiera. Que hay una cláusula tachada en su contrato que nadie quiere que lea. Que una corporación con nombre de promesa vacía -Synapsis- sabe exactamente quién es ella, y no piensa dejarla ir. Y que bajo Meridian, en un nivel que no figura en ningún plano, no guardan archivos.
Guardan cuerpos. Setecientos catorce de ellos.
Los originales de gente que, como la voz que ahora comparte su cabeza, nunca volvió a despertar en el suyo.
Mara tiene un hermano que la necesita viva, una desconocida que la necesita valiente, y una empresa dispuesta a borrarla del mapa antes de que hable. Le quedan tres días para decidir cuánto de sí misma está dispuesta a perder por salvar a las dos.
HUÉSPEDES. Porque a veces, la pregunta no es quién vive dentro de tu cuerpo. Es cuánto de ti sigue siendo tuyo.