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Entre los numerosos personajes que florecen en la segunda mitad del siglo iv, descuella señera la figura del más elocuente de los hombres de su tiempo: Juan de Antioquía. Precisamente por su elocuencia, habría de conocerlo la posteridad con el sobrenombre de Crisóstomo. No hay escrito del Crisóstomo en que no se pueda encontrar alguna reflexión sobre la virginidad y el matrimonio. La virginidad que el Crisóstomo resalta requiere la castidad del alma y la consagración a Cristo; para el Antioqueno, la virginidad hunde su raíz en la virtud de la fe y convierte a quien la vive en una persona humilde que sirve a Cristo. Es posible que este tratado fuera escrito en su época de diácono: el ideal de la virginidad que el Antioqueno propone en esta obra se asemeja al propuesto en otras obras ascéticas en las que se percibe también el recuerdo de la experiencia anacoreta. Pensamos que la obra podría haber sido publicada en torno al año 382 y que sería reflejo de las preocupaciones que experimentaría nuestro autor en sus funciones como diácono. Ignoramos qué llevó al Crisóstomo a la redacción de este tratado. Quizá le fuera solicitado con el fin de edificar a grupos ascéticos de Antioquía, quizá fuera el propio Juan, quien -consciente de la lucha que conlleva su observancia- creyó oportuno escribir un elogio sobre la virginidad. Desconocemos las circunstancias concretas, pero sí podemos decir que este tratado fue escrito en un momento en el que se desarrolló una abundante literatura acerca de la virginidad, mucha de ella de corte polémico, destinada a defenderla de sus oponentes.
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