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El planeta fue desgarrado. Material fundido fue expulsado al espacio. La corteza se fragmentó. Durante horas, la Tierra dejó de tener forma reconocible.
De ese desastre nació la Luna.
Para cualquier observador humano futuro, sería un evento astronómico natural.
Para ellos, fue el primer movimiento estratégico.
Porque desde ese momento, la Tierra dejó de ser un planeta muerto.
Se convirtió en territorio en disputa.
La guerra no comenzó con armas.
Comenzó con decisiones físicas.
Y ninguna de las dos especies estaba dispuesta a retirarse.
La distorsión gravitacional se expandió como una respiración contenida.
En el espacio cercano al planeta, donde fragmentos incandescentes todavía orbitaban tras la colisión, la estructura energética de los Khar-Azûn tomó forma estable. No era visible. Pero alteraba trayectorias de partículas, modificaba microfluctuaciones cuánticas y leía la composición del manto terrestre con precisión absoluta.
Procesaban datos como corrientes de tensión.
Composición mineral: adecuada.
Actividad volcánica: extrema.
Núcleo metálico: diferenciado en formación.
Campo magnético: potencialmente fuerte.
Probabilidad de estabilidad orbital tras el impacto: 73,4%.
Probabilidad de retención atmosférica futura: aceptable.
Conclusión primaria: Mundo viable para intervención estructural.